Hoxe escribe Ferlosio

En EL PAÍS del 19 de diciembre de 1992, Rosa Montero critica, con relativa justicia, un anuncio, del que llega a decir "merecería ser prohibido", sin atreverse, no obstante, a mencionar la marca -pone XXX en el lugar de su nombre- ¿Qué es esto? Criticando la actuación de un político o la obra de un pintor o un literato no habría silenciado nombres propios, ¿por qué la marca de un producto, que a través del anuncio se hace no menos público que esa obra o actuación, va a tener derecho a tal inmunidad? Es un equívoco terrible que el interés de las empresas de iniciativa privada sea homologado como interés particular y se arrogue el derecho a ser respetado por cualquier voz que pudiese causarle un perjuicio económico. ¿Es que cuando el liberalismo haya alcanzado su meta de la privatización total los empresarios de los transportes o de la sanidad van a poder mantener su gestión a salvo de cualquier crítica, en nombre de la sagrada inmunidad del interés particular? Ítem, ahora que los anuncios han pasado de la cuña intercalada a formar el contenido mismo del programa, de suerte que la televisión ha sido totalmente fagocitada por la publicidad, ¿el derecho a la impunidad del interés de los empresarios anunciantes va a imponer el silencio a cualquier crítica de la televisión? O bien, siendo la publicidad la manifestación cultural aplastantemente dominante del liberalismo y de la economía de mercado, ¿qué ocurrirá si, tal como parece pretender, se erige en intocable?

Se queren ler máis, aí vai a reflexión enteira: Nadie puede con la bicha/1 e Nadie puede con la bicha/2.
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